Me apresuro a poner por escrito algo que me acaba de suceder. Cada vez creo menos en las casualidades y más en los Reyes Magos. Igual que existe una teoría del caos debería haber otra de la Providencia. Y, por supuesto, nada está determinado de antemano ni el mecanicismo es una religión. Las cosas pasan porque Dios quiere, aunque a menudo no lo entendamos. Dios ha querido que esta fría mañana de Pascuas, en la que todo el mundo escrudriña las listas prolijas de la Lotería, yo haya coincidido esperando un semáforo en verde con un tonto los cojones. Podía tener uno o dos años de edad. Era morenito, hispano. Iba disfrazado de duende, con un sombrero multicolor de pinchos de los que colgaban alborozados cascabeles que no paraban de sonar porque el gnomo movía sin cesar su cabecita en la que los rasgos inequívocos de un Down se mecían sin abandonar la sonrisa. Se le caía la baba, literalmente, como corresponde a su condición. Pero se le veía irrefrenablemente feliz. Iba en brazos de su madre, una caribeña de buena planta, cuidada, con empaque y gallardía, que en ese momento no se cambiaba por criatura alguna del orbe.
Ella ejercía de madre con la fuerza de los Mares del Sur. Durante el tiempo que tardó el semáforo en cambiar, que fue mucho, ella no dejó ni un instante de mimar a su niño y jugar con él induciéndole a no perder la sonrisa de su hermosísima cara de tonto los cojones. Y él le correspondía con carcajaditas de Navidad, de santa alegría, de inocente capaz de desarmar a todos los sabios juntos con una sola mirada. Alegría más grande no cabe ni siquiera imaginar. La naturaleza supera al arte, a la filosofía, a la política, a la inconmensurable miseria y estupidez humanas… o inhumanas, mejor dicho.
Minutos más tarde, mi deambular de parado diabético me ha llevado a pasar ante un abortorio. Quienes han diseñado la fachada deben de ser especialistas en morgues: mármol negro, rótulos metálicos, cristales tintados… A esa hora –diez de la mañana- al otro lado de aquella fachada seguramente estaban asesinando a niños. En toda España, cada día son ejecutados tantos niños no nacidos como víctimas mortales hubo el 11-M. Y a la gente le da igual. Es más, algunos incluso apuestan por ello como un incontestable síntoma de progreso. Lo mismo hacían con Hitler.
Entre los “servicios” que anuncia en sus cristales de luto el matadero está el “diagnóstico prenatal”. Gracias a él se han reducido un 80 por ciento los síndromes de Down. Pero que no les engañen también a ustedes; no es que la ciencia y la buena política hayan ganado el pulso a la enfermedad. Todo lo contrario. Han tirado la toalla y han hecho una limpieza genocida, liquidando antes de nacer a todo aquel que traiga la tara.
Un reputado catedrático acaba de comparecer, a instancias del PSOE, en la subcomisión parlamentaria que ha hecho la gran pantomima de aparentar un debate para justificar la ampliación de este abominable crimen legalizado. El catedrático en cuestión ha dicho que el nasciturus no es persona, y que por tanto no tiene derechos fundamentales. La mujer sí tiene el derecho fundamental a matar a su hijo. Dice este catedrático que la Constitución así lo consagra. Es decir, que el no nacido es menos que persona, es una subpersona, un subnormal, por ejemplo. Pues bien, lo que está demostrado es que usted, señor catedrático es el subnormal, porque es usted la subpersona, como lo es cualquiera que vea bien asesinar a un subnormal.
Otra subpersona se refería a quienes han votado a “los otros” tildándolos de “tontos los cojones”. Esta mañana de Navidad, el cuento se me ha hecho carne y habita ya para siempre en mi retina. ¡Qué gran persona ese tonto los cojones que me ha alegrado la vida! ¡Qué gran mujer su madre, que le quiere con locura y se entrega a él en cuerpo y alma! ¡Qué despreciables los herodes de hoy, subpersonas enfermizas, morbosas, débiles, taradas, como aquellos emperadores romanos que estudió Marañón, calígulas y nerones sobreviviendo siempre en la cuerda floja de sus delirios a los que necesitan agarrarse como única seguridad, abortos ellos que lograron nacer pero que nacieron muertos y con un única obsesión: que mueran todos los que padezcan algo parecido a sus males, que tanto les atormentan! Sobre todo teniendo en cuenta que los tontos los cojones son infinitamente mejores personas que ellos.